Cuando tenía siete años, mi mamá me regaló mi primer libro. Era El Principito.
La luz tibia de la tarde entraba por la ventana y anidaba en sus ojos negros.
Sus dedos largos y delicados me entregaban el libro.
En la portada, un niño rubio vestido de príncipe, montado sobre un pequeño planeta, miraba a las estrellas.
Lo tomé en mis manos. Yo también sonreía.
Olí el libro y me gustó el aroma. Ese mismo olor se convertiría en mi sanador, muchos años después.
Pero yo no lo sabía.
Miré de nuevo a mi madre. Con una sonrisa, me invitaba a abrirlo.
Todavía flotaba en la habitación el tenue aroma del óleo del cuadro que ella había pintado ese fin de semana.
Al abrirlo, había una dedicatoria. Era la letra de mi madre. Decía:
“Aquí conseguirás todas las respuestas que buscas”. Firmado abajo: “Mami”.
Muchas veces leí ese libro, y aún lo hago.
Pero hoy es distinto. Ya ella no está.
Y me queda ese libro.
Su voz.
El brillo de sus ojos.
Su amor intacto.

¡Bienvenidos a mi mundo!