Mi madre tenía ojos de hechicera y alma de poeta.
Por ella, hoy soy quien soy.
Trabajó muy duro para que en casa no faltara nada.
El arte, la literatura y los museos eran su pasión; también la pizza y las cervezas bien frías.
Muchos hombres la deseaban, pero ella eligió cuidar de sus hijas.
Amaba verla pintar, conversar con ella, verla sonreír.
Podía iluminar una sala con solo su presencia.
Los libros y el arte son mi refugio, gracias a ella.
Por ella escribo.
Gracias a ella. Gracias a su amor.
Ayer, 8 de Mayo, fue su cumpleaños.
Se lo celebré en un restaurante lleno de libros.
Levanté mi copa de vino y dije cuánto la amaba…
Cuánto la admiro y la respeto…
“El más grande honor de mi vida fue venir de tu útero”, dije al final.
Se hizo un silencio. Bebí de mi copa mientras una lágrima corría por mi rostro.
Porque, un 8 de Mayo, también murió.
El cáncer se la llevó, dejando atrás sus rosas rojas de sangre en las sábanas.
Así le hablé a una silla vacía, convencida de que su espíritu me escuchaba.
Pero era mi corazón hablando en voz alta.

¡Bienvenidos a mi mundo!