Temblando, levantó la mirada y se miró al espejo.
Todavía tenía el cabello mojado. No hacía mucho había estado en la tina, deseando morir.
Pero al mirarse, su reflejo era diferente.
Su corazón galopaba.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, pero su reflejo le extendió la mano.
Bajó la mirada. Tiritaba. No pensaba. Trataba de calentar las manos con su aliento.
Pero al volver a mirar el reflejo, la mano seguía extendida hacia ella, con una mirada dulce, como si nada en ella pudiera asustarla.
Miró a su alrededor. El cuarto seguía oscuro, apenas iluminado por las luces de la calle.
Pero en el espejo era de día, y su habitación estaba ordenada, llena de luz.
«No tengas miedo…», dijo con suavidad su reflejo.
«Esto nunca terminará», respondió, con la voz entrecortada.
«No fue tu culpa…»
A ella se le hizo un nudo en la garganta. Bajó la mirada.
«No fue tu culpa…», repitió su reflejo.
Se abrazó el pecho y apretó las piernas hasta que le dolieron.
«No fue tu culpa…».
Se cubrió el rostro, y las lágrimas se le escaparon entre los dedos.

¡Bienvenidos a mi mundo!