—Hoy me aumentaron el sueldo —dijo él, con emoción. Sonreía.
—¡Felicidades mi amor! —respondió ella con alegría.
«Se ve tan radiante», pensó él. Suspiró. Siempre lo había hechizado la profundidad de sus ojos negros.
Hubo un silencio breve. Ella bajó la mirada. Él dejó de sonreír.
—Mañana es su primer día de escuela… —susurró ella, apenas se le oía la voz. Seguía mirando al piso.
Él sonrió con un nudo en la garganta.
—Sácale fotos —dijo, intentando sonar tranquilo—. No olvides cuánto las amo.
La voz se le quebró.
Ella levantó la mirada y se fijó en su aspecto cansado, en las sombras bajo sus ojos. Sonrió.
Después de conversar un rato más, se despidieron con un «Buenas noches».
Él cerró la videollamada a las tres de la mañana. Lloró mientras miraba el retrato de su esposa e hija, en la mesita de noche.
Su pecho dolía como si llevara dentro un mar de lágrimas, pero ahora no podía darse el lujo de romperse. Respiraba profundo y, poco a poco, se serenaba.
Se acostó con lágrimas en los ojos.
Antes de apagar el teléfono, revisó la página con los precios de vuelos.

¡Bienvenidos a mi mundo!